Posteado por: gabriel | 25 julio 2020

MI BARRIO, por Fernando Manzoni desde Italia

Una poética estación Sayago en medio de la niebla invernal y nuestro SX(M) Fernando Manzoni


Llegando al barrio.

Cruzar Garzón como en los viejos tiempos es casi imposible. Semáforos y cebras regulan nuestro andar, ya no es como antes cuando uno se largaba casi sin mirar y atravesaba la gran avenida sabiendo que no había peligro alguno en acecho.
Un río de autos y motos la atraviesan, el progreso con sus avances y evoluciones se adueñaron de ella y la convirtieron en un carnaval interminable de bocinas y frenadas, arrancadas improvisas y bullicio incesante.

Por suerte, ahí nomás, dando vuelta a la esquina está Ariel, con su aire bonachón y simpático, pronto a guiarnos por vidrieras y negocios, saludando a los vecinos y disfrutando del sol en la cara en las mañanitas de invierno. La calle coqueta nos seduce y nos va arrimando hasta la otra avenida del barrio, Sayago.

Allí la cultura se desliza por sus veredas, mezclándose con el alboroto de la feria de los viernes en el cruce con Tacuabé y los gritos de los partidos del domingo a dos pasos del Roberto.
Suenan las campanas de la iglesia mientras el olor de bizcochos recién horneados se apodera de su acera.

Propios pasa y la saluda, ella sigue imperturbada pasando por filas de paraísos que regalan sombra y fresco a los exhaustos ancianos mientras las vecinas murmuran y chismean haciendo bailar sus escobas entre raíces y baldosas rotas.

Corriendo nos vamos hacia 28 de febrero, besos y abrazos prohibidos siguen escondiéndose en el banco de mármol enfrente al gimnasio, la plaza nos recibe orgullosa y soberbia, lugar de encuentro de enteras generaciones se llena de gritos y clamores cuando suena la campanilla en el 23 y los jóvenes se saludan hasta el dia que vendrà.

Pasa un tren, la vía tiembla y las barreras se bajan. Suena una murga en el tablado y alguien brinda en la cantina del club después de una victoria en el último segundo.
Quicuyó nos conduce de la mano hacia el pasado. El antiguo se vuelve moderno y el moderno antiguo, las veredas se juntan con las aceras y los eucaliptus nos saludan al pasar mientras el chillido de las hamacas rompe el silencio del paraíso del barrio.

La agronomía nos espera, Millán nos invita a cruzarla, pero nos quedamos ahí, sentados en el cordón de la vereda con los ojos cerrados escuchando correr los niños que alborotados
revoloteando carteras y mochilas corren hacia la 99, o quizás a la 52, no importa, ellos corren y nosotros los sentimos pasar, por la misma vereda, entre raíces y canteros mal cuidados, piececitos apurados que corren por la vida.

Fernando Manzoni

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