Posteado por: gabriel | 20 noviembre 2020

Revista “El Grillo”

Revista de Enseñanza Primaria "El Grillo"

Revista de Enseñanza Primaria “El Grillo”

Un investigador permanente de internet, y de nuestra historia es nuestro primo Edgardo Andrade, quien, desde USA, está permanentemente enviándonos material que le parece interesante e importante de publicar, y que, evidentemente, se nos escapa….o lo hemos discretamente olvidado.

Es el caso de la publicación “El Grillo”, que en este caso rescatamos parte del ejemplar de 1950. El Grillo, se distribuía aún en nuestros años escolares, allá por los lejanos 60s, ya no sabemos si en la cantidad de ejemplares editados – este de 1950 anuncia unos 75.000, un tiraje increíble y muestra palpable de la importancia que se daba a la educación y comunicación en las Escuelas Públicas – y que muchas veces era utilizado como “premio” por parte de las maestras ante alguna buena “perfomance” de los alumnos…..

Empezamos visitando las Escuelas 99 y 110 ( © F.Manzoni )

Empezamos visitando las Escuelas 99 y 110 ( © F.Manzoni )

Teníamos totalmente olvidada esta publicación….leemos ahora los colaboradores de entonces y encontramos – algunos de ellos – convertidos en nombres de calles, incluso de nuestro barrio, como es el caso de María Orticochea, por ejemplo, y otros nombradísimos y reconocidos como, Don Abbadie Soriano y Alberto Reyes Thévenet.

Como hemos hecho con la revista “La Tijera de Colón” ( evidentemente de un registro totalmente diferente a la que nos interesa ahora ), iremos reproduciendo algunos artículos que nos parecen interesantes de compartir.

Los dejamos ahora con el cabezal de colaboradores y dirección de “El Grillo”.


Revista del Consejo Nacional de Enseñanza Primaria y Normal “El Grillo”
Año 1 – Nº 4 – 1950

Director :
Carlos Alberto Garibaldi

Consejo Nacional de Enseñanza Primaria y Normal:
Comisión de la Revista Escolar :

Alberto A. Alves, María Orticochea, Julio Castro, Alfredo Rayera, Humberto Zarrilli, R. Abadie Soriano, Verdad Risso de Garibaldi, Anunciación Mazzella de Bevilacqua, Elsa Carafí de Marcband, Ofelia Carrere, Bell Clavelli, María M. Antelo, Isabel Gandola. María D. Fontanals, Carmen G. de Sánchez, A. Barbitta Colombo, Joaquina F. de Fábregas, Luis A. Caputi.

Colaboran en este número:
Joaquina Fontenla de Fábregas, Anunciación Mazzella de Bevilacqua, Verdad Risso de Garibaldi, Alberto A. Alves, Diógenes de Giorgi, Beltrán Martínez, R. Manica Sosa, Generoso Medina y Alberto Reyes Thévenet.

SUMA
Los símbolos de la Patria.
El Príncipe Feliz.
Historia del Grillo.
El Regreso, poema de Julio Herrera y Reissig.
Para un ideario de Artigas.
El Aguatero, de Juan José Morosoli.
Juan el Zorro.
El Puerto de Montevideo.
La Flor del Camalote, de Fernán Silva Valdés.
Papá Morquio.
Aparición del Hombre sobre la Tierra. Los Mitos: Osiris – Ra. Isis.
Arte indígena del Uruguay. El mensaje del indio.
Carta del Protectorado de Artigas.
Arte de la Edad Media.
El Rey Salomón y la Reina de Saba.
Los descendientes de Tobyk el Navegante.

MONTEVIDEO —
TIRADA: 75.000 EJEMPLARES

Presidente: Sr. Luis Sampedro.
Vicepresidente: Dr. Tomás J. de la Fuente.
Vocal: Srta. Dorila C. Sánchez.
Sr. Felipe S. Abella.
Dr. Oscar V. Canessa.
Secretario : Sr. Ramiro M. Diez.
Prosecretario: Sr. Alberto E. Lezama.

Ilustran:
María Mercedes Antelo, Elsa Carafí de Marchand, J. Cirio, Bell Clavelli, J. A. Larrazábal, Willy Marchand, Mercedes Massera, Mario Spallanzani, S. Valdez González, Umpiérrez.

Portada: “Espantapájaros” por Graciela
Pedemonte, 11 años.

Grabados de Campiglia y Sommaschini

El Camalote, de Fernán Silva Valdés.

El CAMALOTE es una planta acuática de nuestra flora indigena, que se cría en los ríos, Si arroyos y lagunas del país. Sus hojas son de un verde oscuro, de tamaño grande, redondas y planas.
Éstas, luego de arrancadas, conservan por muchas horas su frescura. Parece que retuvieran la humedad del elemento en que nacen y crecen. Son tan frescas estas hojas, que los hombres del campo suelen usarlas contra los ardores del sol en el verano, poniendo una o varias de ellas d’entro del sombrero, lo cual les proporciona un agradable frescor en la cabeza.
Esta planta produce una hermosa flor celeste, grande como la mano abierta de un niño.

Respecto a ella conozco una leyenda que relato a continuación:

Era en tiempo de los indios.
A orillas de un río caudaloso vivía feliz una tribu, cuyos componentes tenían las creencias, usos y costumbres que ya conocemos; es decir: creían en un Dios bueno al que llamaban “Tupa”; en uno malo que llamaban “Añang”; vivían en tolderías, se cubrían con pieles, se alimentaban de la caza, la pesca y las frutas silvestres, y se servían para usos de guerra y de caza, de la flecha, la lanza y la bola.

Bien. Cierta vez, vieron con grande asombro llegar gente blanca venida no sabían de dónde, e instalarse en los parajes habitados por ellos; gente que, luego de edificar casas con obras de defensa llamadas “fuertes”, se posesionó atrevidamente de aquellas tierras. Los indios no vieron con buenos ojos tal intromisión, y luego de encarnizados combates, en los cuales unas veces vencieron y otras fueron vencidos, llegaron a un acuerdo, al cual contribuyó mucho la mediación de algunos hombres de aspecto pacífico y bondadoso, que los blancos traían, con la misión de amansar y convertir a los indios a la religión de los invasores.

Las tribus, con excepción de alguna demasiado guerrera y salvaje, se fueron entregando, aceptando de buen grado las relaciones con los extranjeros.
Pasaron varios años.

El jefe invasor tenía una hija blanca como una estrella, de cabellos rubios como el sol y de’ojos celestes como el cielo. Era tan linda y era tan buena, especialmente con los indiecitos, que toda la tribu le tomó especial cariño.

El río a cuyas márgenes vivían los blancos e indios, era muy peligroso, pues crecía algunas veces sin necesidad de lluvias, por la sola influencia de los vientos. Y así sucedió que cierta tarde,
mientras se bañaban varios indiecitos.

El río comenzó a crecer y uno de ellos empezó a ahogarse. Los otros niños in dígenas que se habían internado menos en las aguas, salieron asustados a la orilla dando gritos. En eso apareció la bella rubia hija del jefe blanco, y quitándose las ropas rápidamente, se arrojó al río y luego de nadar unos metros en la parte más honda, con mucho trabajo y peligro, consiguió asir del pelo al indiecito, teniéndolo a flote para que respirara. Al alboroto llegó más gente, blancos e indios, y entre éstos, en primera línea y a la carrera, el cacique, de quien era hijo el niño que se ahogaba. El cacique, gran nadador, se arrojó también al agua, en unas cuantas brazadas llegó a donde luchaba la buení- sima joven blanca por salvar al pequeño indio, y rescató a su hijo, no pu- diendo hacer lo mismo con la muchacha, porque a ésta se la llevó la corriente, y jamás se la pudo hallar.

Entonces la tribu entera, después de realizar extrañas ceremonias pidiéndole al dios Tupá por el alma de la heroica niña, comunicó por medio de los hechiceros, al inconsolable jefe blanco que Tupá le había dicho que la bella muchacha no moriría, pues iba a seguir viviendo, verdad que de un modo diferente; que en premio a sus virtudes y; al heroico acto realizado, su hermoso cuerpo se iba a sumar de un modo visible a la naturaleza, renaciendo en una planta acuática, y sus ojos celestes, a fin de que siguieran contemplando la vida para siempre, en la época en que natura se embellece, surgirían, conservando su antiguo color, sobre las aguas que los cegaron, entre las hojas de esa planta que i^a a ser la más característica de los ríos, los arroyos y las lagunas.

Y así, en la primavera y en todas las ~ primaveras, los ojos celestes y cándidos de la heroica niña blanca, contemplan la vida y el paisaje de nuestros campos, transformados en flores de camalote.

Fernán Silva Valdés.


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